Niños vs. niñas: qué dice la neurociencia sobre diferencias en el aprendizaje
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Niños vs. niñas: qué dice la neurociencia sobre diferencias en el aprendizaje

El cerebro mosaico de Daphna Joel, Lise Eliot y 50 años de investigación: qué diferencias cognitivas son reales, cuáles son construcciones culturales, y qué importa para padres.

Una mamá en el grupo de WhatsApp de padres escribe: “Mi hijo no puede quedarse quieto más de cinco minutos. Las niñas de su clase son completamente distintas. ¿Es hormonal, es el cerebro, o solo es él?” Quince personas responden. La mitad dice “los niños son así, siempre han sido así”. La otra mitad cita lo que vieron en redes sociales sobre neurociencia. Nadie menciona ningún estudio real. Este es el tema donde la brecha entre lo que dice la ciencia y lo que circula en las conversaciones de padres es más grande — y donde esa brecha tiene consecuencias reales sobre cómo se educa a niños y niñas.

Puntos clave

  • La investigación de Daphna Joel (PNAS, 2015) con 1,400 cerebros escaneados mostró que los cerebros humanos son mosaicos de rasgos — no dos tipos discretos “masculino” y “femenino”.
  • Lise Eliot, neurocientífica de la Universidad Rosalind Franklin, revisó décadas de investigación en Pink Brain, Blue Brain (2009) y concluyó que la mayoría de diferencias cognitivas reportadas son pequeñas, inconsistentes entre estudios y magnificadas por expectativas culturales.
  • Las diferencias en timing de desarrollo sí existen: las niñas tienden a madurar antes en habilidades de lenguaje y autorregulación; los niños tienden a tener períodos de maduración más largos en control de impulsos.
  • Las diferencias en desempeño matemático y espacial observadas en décadas pasadas han disminuido dramáticamente en países con mayor igualdad de género — lo que confirma que eran principalmente culturales, no biológicas.
  • Las expectativas de los padres y maestros son uno de los predictores más fuertes del desempeño diferencial — más que cualquier diferencia cerebral documentada.

El estudio del cerebro mosaico: lo que mostró realmente

1,400 cerebros, un resultado inesperado

En 2015, Daphna Joel de la Universidad de Tel Aviv publicó en PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences) un estudio que analizó resonancias magnéticas de 1,400 cerebros humanos de cuatro muestras independientes, buscando responder una pregunta aparentemente simple: ¿puedes distinguir de forma confiable un “cerebro masculino” de un “cerebro femenino”?

La respuesta fue no — no de la forma en que la mayoría lo asume.

Joel encontró que sí existen diferencias promedio entre grupos en ciertas estructuras y conexiones cerebrales. Las conexiones interhemisféricas (entre el hemisferio izquierdo y derecho) tienden a ser ligeramente más densas en promedio en cerebros de personas asignadas femeninas al nacer. El volumen de ciertas áreas relacionadas con procesamiento motor tiende a ser mayor en promedio en cerebros asignados masculinos.

Pero la clave está en “en promedio”. Cuando Joel examinó a los individuos, encontró que solo entre el 0 % y el 8 % de personas tenían rasgos cerebrales consistentemente en el extremo “masculino” en todas las mediciones, o consistentemente en el extremo “femenino”. La mayoría de cerebros — más del 90 % — mostraron una mezcla única de rasgos, algunos típicamente asociados con hombres, otros con mujeres, combinados de formas distintas en cada persona.

El término que Joel usó: los cerebros son mosaicos, no dimorfismos binarios.

Qué significa esto para la educación

La implicación práctica es significativa: si los cerebros son mosaicos únicos, entonces intervenciones educativas diseñadas para “cerebros de niños” o “cerebros de niñas” en bloque — como las escuelas separadas por sexo justificadas con neurociencia — no tienen fundamento en la biología cerebral. Cada niño tiene un perfil cognitivo individual que no se predice de forma confiable por su sexo.

Este no es un argumento político — es un argumento empírico sobre la distribución de rasgos cerebrales en la población.

El trabajo de Lise Eliot: diseccionando décadas de investigación

Pink Brain, Blue Brain: el inventario de la evidencia real

Lise Eliot, profesora de neurociencia en la Universidad Rosalind Franklin de Chicago, pasó años revisando sistemáticamente la investigación sobre diferencias cognitivas por sexo para su libro Pink Brain, Blue Brain (2009). Su conclusión, respaldada por un análisis minucioso de centenares de estudios, es que la mayoría de diferencias cognitivas reportadas entre niños y niñas son:

  1. Pequeñas — tamaños de efecto (d de Cohen) entre 0.1 y 0.3, mucho menores de lo que la cultura popular asume
  2. Inconsistentes entre estudios — algunos estudios encuentran la diferencia, otros no la replican
  3. Históricamente variables — muchas diferencias documentadas en los 70s y 80s han disminuido o desaparecido en estudios más recientes
  4. Amplificadas por expectativas — padres, maestros y el propio niño se comportan diferente según expectativas de género, creando las diferencias que luego se miden

Eliot señala un problema metodológico grave en la investigación sobre diferencias cognitivas: los estudios con resultados “diferencias significativas” tienen mucho más probabilidad de ser publicados que los estudios con resultados “no hay diferencia”. Este sesgo de publicación infla artificialmente la impresión de que hay muchas diferencias robustas cuando en realidad la evidencia es más inconsistente.

La brecha matemática que se cerró sola

Uno de los ejemplos más citados sobre el papel de la cultura vs. la biología: la brecha en matemáticas entre niños y niñas. En EE.UU. en los años 70 y 80, había diferencias documentadas en desempeño matemático de preparatoria y universidad, con niños superando a las niñas en media. Esto se usó frecuentemente para argumentar diferencias biológicas en razonamiento cuantitativo.

Desde entonces, la brecha se ha cerrado dramáticamente. Hyde et al. (2008) analizó datos de 7.2 millones de niños en EE.UU. y encontró diferencias estadísticamente no significativas en matemáticas de primaria y secundaria. Internacionalmente, países con mayor igualdad de género (Islandia, Suecia, Noruega) muestran diferencias matemáticas mínimas o invertidas — con niñas igualando o superando a niños en algunas mediciones (PISA 2022, OCDE).

Si la diferencia fuera principalmente biológica, no debería cambiar de esta forma con el tiempo y entre culturas. El hecho de que cambie es evidencia de que era fundamentalmente cultural.

Las diferencias que sí existen: timing, no capacidad

Aquí es donde la conversación se complica. El hecho de que la mayoría de diferencias reportadas sean pequeñas o culturales no significa que no hay ninguna diferencia biológica. Hay algunas, pero el tipo de diferencia importa.

Diferencias en timing de desarrollo neurológico

La diferencia más robusta y replicada no es de capacidad cognitiva — es de velocidad de maduración. En promedio:

  • Las niñas tienden a alcanzar hitos del lenguaje expresivo (primeras palabras, oraciones completas) unas semanas o meses antes que los niños
  • La corteza prefrontal — responsable del control de impulsos, planificación y autorregulación — tiende a alcanzar su desarrollo completo alrededor de los 25 años en mujeres y cerca de los 28 en hombres (Giedd et al., 1999; Casey et al., 2008)
  • Las niñas tienden a entrar a la pubertad 1–2 años antes que los niños

Esto tiene implicaciones prácticas: un niño de 7 años puede mostrar menos control de impulsos que una niña de 7 años no porque sea “peor estudiante” sino porque su corteza prefrontal está biológicamente en una etapa de desarrollo diferente. La expectativa de que ambos deberían comportarse igual en el aula a la misma edad ignora esta diferencia de desarrollo.

Diferencias en procesamiento auditivo y visual-espacial

Hay diferencias promedio modestas pero relativamente consistentes en:

  • Velocidad de procesamiento verbal: ventaja promedio para mujeres, tamaño de efecto d ≈ 0.2–0.3
  • Rotación mental de objetos 3D: ventaja promedio para hombres, tamaño de efecto d ≈ 0.3–0.5 en adultos (en niños es menor y más inconsistente)

Nota el tamaño: estas son diferencias de décimas de desviación estándar. La superposición entre las distribuciones de niños y niñas es enorme. Decirle a una niña “las niñas son mejores en letras y los niños en espacial” basándote en estas diferencias promedio es como decirle a alguien de 1.65 m que no puede ser alto porque “los hombres miden en promedio 1.75 m”. El promedio no predice al individuo.

Tabla: diferencias cognitivas reportadas — evidencia real vs. mito

Diferencia reportada¿Evidencia sólida?Tamaño del efecto realEstabilidad culturalFuente clave
Niñas mejores en lenguaje verbalParcial — en velocidad de procesamientod ≈ 0.20–0.30Varía mucho entre culturasHyde & Linn (1988); meta-análisis
Niños mejores en matemáticasMito en primaria/secundariad ≈ 0.0–0.05 actualmenteCerrada en décadas recientesHyde et al. (2008)
Niños mejores en rotación espacial 3DModerada en adultosd ≈ 0.30–0.50 en adultosSe reduce con entrenamientoVoyer et al. (1995)
Niños menos atentos / más inquietosDiferencia de timing, no capacidadd ≈ 0.25–0.40 en edades 5-9Disminuye en adolescenciaWillcutt (2012)
Niñas más empáticasMixta — depende de la mediciónd ≈ 0.10–0.25Amplificada por expectativasChristov-Moore et al. (2014)
Cerebros son dos tipos distintos (M/F)MitoN/A — los cerebros son mosaicosN/AJoel et al. (2015) PNAS
Niñas maduran antes neurológicamenteSólidaDiferencia de 1–3 añosConsistente entre culturasGiedd et al. (1999)
Niños toman más riesgosModerada en adolescenciad ≈ 0.3–0.4 en 15-20 añosInfluenciada por culturaByrnes et al. (1999)

El papel de las expectativas: el efecto Pygmalion de género

Uno de los hallazgos más prácticos para padres viene de la investigación sobre expectativas. El efecto Pygmalion — que las expectativas del maestro sobre el rendimiento del alumno se vuelven self-fulfilling prophecies — opera de forma diferenciada por género.

Estudios en Francia y EE.UU. han mostrado que cuando los maestros califican trabajos de matemáticas sin saber si son de niño o niña, las calificaciones son iguales. Cuando saben el sexo, las de niñas tienden a ser ligeramente más bajas. El trabajo de Lavy & Sand (2018) con estudiantes israelíes encontró que el sesgo de género en las evaluaciones de maestros durante la infancia predice las diferencias de rendimiento posteriores — no al revés.

Esto tiene una implicación directa: si como papá asumes que a tu hija “no se le dan los números” o que tu hijo “es muy inquieto para leer”, esas expectativas se comunican de formas sutiles y pueden convertirse en realidad. La investigación sugiere que las expectativas de los padres son tan o más predictivas del desempeño diferencial que cualquier diferencia cerebral.

Qué observar en 3 meses

Mes 1: Revisa tus propias expectativas. ¿Le pides a tu hijo o hija ayuda diferente según su sexo? ¿Interpretas la inquietud de tu hijo como problema de atención pero la de tu hija como nerviosismo? ¿Asumes que uno es naturalmente mejor en matemáticas o en lectura? Llevar registro mental de estas interpretaciones es el primer paso.

Mes 2: Observa el tipo de retroalimentación que tu hijo o hija recibe en la escuela. Los maestros que dicen cosas como “los niños son más de matemáticas” o “las niñas son más detallistas” están operando con estereotipos que tienen efectos documentados. No significa que el maestro sea malintencionado — significa que los estereotipos culturales son automáticos y vale la pena notarlos.

Mes 3: Si hay una materia donde tu hijo o hija dice “no soy bueno en eso” de forma categórica, investiga si esa creencia vino de resultados reales o de un comentario — del maestro, de otro niño, del propio papá — que internalizó como identidad. La creencia de que el talento es fijo (mentalidad fija) es más predictiva del desempeño futuro que cualquier capacidad inicial medida.

Preguntas frecuentes

¿Tiene sentido llevar a mis hijos a escuelas separadas por sexo?

La investigación no apoya la idea de que las escuelas separadas por sexo producen mejores resultados académicos en general. Un meta-análisis de Liben & Bigler (2002) y una revisión de la American Psychological Association (2011) encontraron evidencia mixta o neutral. Lo que sí muestran algunos estudios es que las expectativas de género se refuerzan más en escuelas separadas, no menos.

¿Mi hijo de 6 años tiene TDAH o simplemente es niño?

Esta es una pregunta que vale la pena tomarse en serio. La diferencia de maduración neurológica real entre niños y niñas en el control de impulsos es de 1–3 años en promedio. Un niño de 6 años puede tener un nivel de control de impulsos comparable al de una niña de 4–5. Esto no significa ignorar síntomas preocupantes — pero sí significa que la inquietud y la dificultad para concentrarse en niños pequeños tiene un componente de desarrollo normal que no siempre equivale a TDAH. La evaluación profesional sigue siendo el camino correcto cuando hay preocupación.

¿Los videojuegos mejoran las habilidades espaciales en niños?

Hay evidencia moderada de que los videojuegos de acción 3D mejoran habilidades de rotación espacial, en niños y niñas por igual cuando ambos los juegan (Feng et al., 2007). Esto es relevante porque parte de la diferencia espacial observada en adultos puede deberse simplemente a que los niños tienen más exposición a juegos y actividades espaciales desde pequeños — una diferencia de experiencia, no de biología.

¿Hay diferencias en inteligencia general entre niños y niñas?

No. Esta es una de las áreas con más consenso en psicología cognitiva. Las mediciones de inteligencia general (factor g) no muestran diferencias consistentes entre sexos en las escalas globales. Las diferencias que se observan son en patrones de puntos fuertes y débiles dentro del perfil de inteligencia — no en la capacidad general.


Sobre el autor

Ricky Flores es el fundador de HiWave Makers e ingeniero eléctrico con más de 15 años de experiencia desarrollando tecnología de consumo en Apple, Samsung y Texas Instruments. Escribe sobre cómo los niños aprenden a construir, pensar y crear en un mundo saturado de tecnología. Lee más en hiwavemakers.com.


Fuentes

  1. Joel, D., Berman, Z., Tavor, I., et al. (2015). “Sex beyond the genitalia: The human brain mosaic.” PNAS, 112(50), 15468–15473. https://doi.org/10.1073/pnas.1509654112
  2. Eliot, L. (2009). Pink Brain, Blue Brain: How Small Differences Grow Into Troublesome Gaps — And What We Can Do About It. Houghton Mifflin Harcourt.
  3. Hyde, J. S., Lindberg, S. M., Linn, M. C., Ellis, A. B., & Williams, C. C. (2008). “Gender similarities characterize math performance.” Science, 321(5888), 494–495. https://doi.org/10.1126/science.1160364
  4. Giedd, J. N., Blumenthal, J., Jeffries, N. O., et al. (1999). “Brain development during childhood and adolescence: A longitudinal MRI study.” Nature Neuroscience, 2(10), 861–863. https://doi.org/10.1038/13158
  5. Lavy, V., & Sand, E. (2018). “On the origins of gender human capital gaps: Short and long term consequences of teachers’ stereotypical biases.” Journal of Public Economics, 167, 263–279. https://doi.org/10.1016/j.jpubeco.2018.09.007
  6. Voyer, D., Voyer, S., & Bryden, M. P. (1995). “Magnitude of sex differences in spatial abilities.” Psychological Bulletin, 117(2), 250–270. https://doi.org/10.1037/0033-2909.117.2.250
  7. OECD. (2022). PISA 2022 Results: Insights into Education Systems. https://www.oecd.org/pisa/
Ricky Flores
Escrito por Ricky Flores

Fundador de HiWave Makers e ingeniero eléctrico con más de 15 años trabajando en proyectos con Apple, Samsung, Texas Instruments y otras empresas Fortune 500. Escribe sobre cómo los niños aprenden a construir, pensar y crear en un mundo impulsado por la tecnología.